Estuve viendo por televisión el reciente caso
policial más sonado en el Perú.
La semana pasada Eyvi Lizeth Agreda Marchena, una
joven estudiante de 22 de edad, fue agredida por Carlos Javier Hualpa Vacas, un
hombre de 37 años de edad, mientras ella viajaba en un bus de transporte
público hacia su casa. Ocurrió en Miraflores, Lima. La joven fue roseada con
gasolina y después el hombre prendió un fosforo. Ella ha quedado con quemaduras
en 60% de su cuerpo, incluyendo el rostro. Otros diez pasajeros también
resultaron heridos. En menos de 24 horas, la Policía Nacional identificó y
capturó al agresor.
El Ministerio Público ha acusado a Javier Hualpa ante
el Poder Judicial por “intento de feminicidio” contra Lizeth Agreda y por lesiones
graves y exposición al peligro contra los diez pasajeros heridos. Podría
corresponderle, mínimo, 25 años de cárcel. Por ahora ha sido llevado a la
prisión Piedras Gordas.
Los medios de comunicación han explotado el drama. Sabemos
que en el Perú la TV, la radio y la prensa escrita no pregonan una
administración de justicia basada en el imperio de la ley sino linchamientos
mediáticos para vender más y enriquecerse más.
Para empezar, los medios de comunicación se han
empeñado en mostrar a Hualpa como “loco” o “enfermo”. Según peritaje
psicológico, Hualpa no es psicópata ni sufre trastornos de personalidad. Es un
hombre con “baja autoestima”, “dificultad para relaciones interpersonales” e historial
de “decepciones amorosas”. Quizá parecido a muchos hombres en el país. Tampoco
es violencia de género, porque Hualpa nunca fue pareja de la joven, jamás
tuvieron intimidad ni se le sabía agresor de mujeres. Incluso hubo una amistad
anterior.
Asimismo, los medios de comunicación han construido
una imagen de Lizeth Agreda casi “santurrona”. Acá ha contribuido la familia de
la joven, pero Agreda no tenía “virtudes angelicales”. Era una chica como
muchas: bella, coqueta, alegre. Inexperta. Agreda sabía que Hualpa estaba
interesado en ella. En su momento lo rechazó sentimentalmente, pero no se alejó
de él. Buscó aprovecharse de las intenciones amorosas de Hualpa: zapatillas,
teléfono celular, paseo en parapente, viajes, dinero, etc. Así estuvieron
durante más de dos años.
En algún momento Agreda se “aburrió” de Hualpa y ya
no le contestaba las llamadas telefónicas. Lo botó peor que “perro callejero”.
Entonces la relación “se rompió”. Tómese en cuenta que el “acoso” denunciado
por la familia de la joven era de hace algunos meses. Hualpa, sintiéndose
humillado, menospreciado y utilizado por Agreda, planeó la agresión como un
acto de “venganza justiciera”. En fin, ella creyó que podía manejar la situación
y nada malo pasaría, él “perdió la cabeza” por una chica que en la vida le iba
a corresponder sentimentalmente.
¿Esos antecedentes justifican la agresión?. No, en absoluto. Sin embargo, difundirlos es políticamente incorrecto: es contrario a
esas campañas mediáticas anti-machistas consistentes en victimizar siempre a
las mujeres y “feminizar” a los hombres. A esas campañas de los medios de
comunicación NO me sumo.

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